LA CASA DE LA MALDAD

Quien cree que la esclavitud está abolida, se equivoca. En Guatemala, el tráfico de mujeres es el destino de cientos de niñas y jovencitas que son vendidas a proxenetas como mercancías sexuales. Por más de 15 años, el Bar La Taberna, en el zanjón San Lorenzo, del Departamento de San Marcos, hizo fortuna comerciando con adolescentes que alquilaba para ofrecer placer. El Ranchón, ubicado a orilla de la carretera, era el burdel más frecuentado de la región, donde llegaban paisanos y emigrantes para divertirse a la sombra del techo de palma, ahogar las penas en cervezas y calmar los apetitos de la carne. Las niñas elegidas para satisfacer a los clientes fueron víctimas de todos los vejámenes. Vendidas, engañadas o secuestradas, vivían presas, obligadas a prostituirse, sin más paga que los golpes, las humillaciones y los insultos diarios. Siete de ellas decidieron poner fin a su tormento. Con la ayuda de las hermanas Oblatas, misioneras residentes de Tecún Umán, San Marcos, y el Ministerio Público, ganaron una batalla legal contra sus opresores: la propietaria del bar, Silvia Amanda Méndez Vásquez, y su esposo, Faustino Antonio Soto Menchú. Si bien es el primer caso en la historia de este departamento donde se logra dictar una sentencia condenatoria, la fiscalía, no satisfecha con el fallo, se prepara para iniciar apelación e indemnizar a las jóvenes por los daños sufridos. Este es el relato de algunas de las víctimas para quienes la pesadilla aún no termina, pues todavía lidian con intimidaciones y amenazas por parte de los familiares de la matrona. La matrona aprovechaba al máximo la juventud de su harén y utilizaba todo tipo de estrategias para reclutar nuevas chicas. En algunos casos se disfrazaba para ir de cacería. Así lograba engañar a las jóvenes. El secuestro era también una medida para conseguir muchachas.

Les prometían encontrarles empleo, después las rodeaban y por la fuerza las metían en un carro. Ya en el bar, les ordenaban coquetear con los clientes. Cuando se negaban, las golpeaban con un cable eléctrico para enseñarles quién mandaba. Sufrían muchas golpizas. La posibilidad de recibir un salario a cambio de trabajo era simplemente nula. De lunes a domingo comenzaban los turnos para atender el negocio, desde las 9 de la mañana hasta las 12 de la noche. Las trampas para acumular la deuda de las muchachas era cosa de todos los días. Eso a pesar de que la actividad era continua y los clientes pagaban de Q. 300 a Q. 500 si se quedaban a dormir, y hasta Q. 100 por “ocupada”. Según las jóvenes, en promedio atendían a siete hombres de lunes a viernes, y hasta 15 los sábados y domingos. Esto sin incluir las visitas al destacamento para los soldados. En el bar la resistencia para beber junto a los clientes y hacerlos gastar era importante. Antes de empezar la jornada, Méndez las obligaba a tomarse un vaso de aceite para que aguantaran ingerir de 20 a 25 cervezas en una tarde. El siguiente paso era embolar al cliente, decirle cosas bonitas y luego vaciarle los bolsillos. El hermano de la dueña, el “Güichón” también se encargaba de enviciarlas, forzándolas a fumar marihuana. El terror era otra forma de mantener el control. Cuando las jóvenes se negaban a “ocuparse” o a entregar las propinas, les cobraban con golpes y castigos. Uno de ellos era acostarse con el hermano, quien se mantenía sucio y borracho. Para proteger su negocio, la matrona no escatimaba precauciones. Toda la familia mantenía vigilancia permanente de las muchachas para descubrir cualquier plan de escape. Un túnel bajo la casa le servía para esconder a las muchachas cuando la policía realizaba cateos: el hogar de su hermana también era un refugio seguro. Huir de aquel infierno se les hacía casi imposible. Violados sus derechos, dignidad y autoestima, las chicas de La Taberna se sentían acorraladas, hasta que entraron en sus vidas las Misioneras Oblatas. Este grupo se dedica a servir a la mujer prostituida. Las religiosas denunciaron el caso a las autoridades, las cuales

organizaron un plan para clausurar el burdel. En una redada, finalmente lograron capturar a la dueña y a sus cómplices. El primer paso está dado, y con él han sentado un precedente en la historia judicial. No sólo por vencer en juicio a sus proxenetas, sino también por el reclamo de estas mujeres en rescate de sus derechos y dignidad. (Tomado de Prensa Libre de Guatemala). Junio 1999.

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