ENVEJECER NO ES DETERIORARSE

Ya estamos casi al final del año 1999. El 2000 está llamando a la

puerta. El Fondo de Naciones Unidas, pensando en los ancianos,

ha hecho unos cálculos. Para el año 2000 serán 600 millones en todo

el mundo. Año tras año van creciendo como la espuma. El año 1970

el número de ancianos en el mundo, de más de 65 años, era de 291

millones. En el año 2000 se habrán más que duplicado los millones,

llegaran a los 600. Es un ejército de ancianos en marcha, cuyo número

va aumentando cada día.

Hay un libro reciente, Envejecer no es deteriorarse, con gran éxito

editorial, que intenta presentar una visión optimista del anciano. Ya

Cicerón, siendo anciano, había escrito un libro sobre la vejez, en donde

pone de relieve los valores de esa edad:

“El anciano no hace, en verdad, lo que los jóvenes; pero hace en

verdad cosas mucho más difíciles e importantes. Las grandes empresas

no se administran con las fuerzas, con la agilidad, la velocidad del

cuerpo, sino con la reflexión, el prestigio, el juicio; cualidades que en

la vejez no sólo no se pierden, sino que se acrecen todavía. El viejo no

podrá correr ni saltar, ni disparar, ni luchar cuerpo a cuerpo con la

espada, pero usará de su reflexión, de su razón y de su juicio”.

Juan Pérez Riesco señala que hay personas también optimistas que

ven en el anciano las siguientes cualidades:

* El anciano es un remanso de paz. Ha podido ser mar alborotado

en otro tiempo, pero ha llegado a dominar las olas y hoy es mar en

calma. Ha conseguido tal equilibrio interior que ya nada le turba, nada

le espanta; y en el trato exterior es todo serenidad y dulzura.

* El anciano es un hombre de experiencia. Sabe mucho de días alegres

y de días tristes; días de éxito y días de fracaso. Ha vivido muchos

años y la vida, que es la mejor maestra, le ha enseñado mucho. Esta

experiencia le hace apto para ser consejero sabio y prudente.

* El anciano es un tesoro de sabiduría. Todas las edades contribuyen

a la adquisición de la sabiduría, pero la posesión plena pertenece a la

vejez, así lo afirmó Confucio: “A los 15 años me dediqué al estudio de

la sabiduría; a los 30 me afirmé en él; a los 40 ya no tenía dudas; a los

60 ya no había nada en el mundo que pudiera chocarme; a los 70

podía seguir los deseos de mi corazón sin transgredir la ley moral”. Al

anciano de la antigüedad se le consideraba como una enciclopedia del

saber y a él se acudía para aclarar dificultades.

* El anciano es un hombre que ha llegado a la plenitud. Es la época

de las ‘felices espigas maduras’, la vejez es como el otoño que trae

frutos maduros y sabrosos. Frutos maduros y sabrosos son un Moisés

que, ya anciano, saca a Israel de Egipto y lo conduce a la tierra prometida; Sófocles, que escribe algunas de sus mejores obras ya en la

ancianidad; Cervantes, que acusado por Avellaneda de ser manco y

viejo, le contesta: ‘Si soy viejo no soy el culpable de que los años

hayan caído sobre mí y hase de advertir que no se escribe con las

canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años’.

Y si la primera parte del Quijote es admirable, la segunda no le va en

zaga, a pesar de haber sido escrita 10 años después de haberle llamado

viejo Avellaneda.

En nuestros tiempos hay infinidad de ancianos que han producido

frutos maduros en la vejez en todas las áreas de la vida humana:

Churchill, Gandhi, Juan XXIII, Picasso, Dalí, Andrés Segovia, Jorge

Luis Borges, Sánchez Albornoz, Menéndez Pidal... y muchos otros.

¿Cómo vemos a los ancianos hoy en día?

Junio 1999.

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