UN MÁRTIR QUERIDO Y RECONOCIDO

Hace veinticinco años murió, como mártir en El Salvador,

Monseñor Óscar Romero, un gran creyente en Cristo pero, sobre

todo, alguien que volvía a hacer real en la historia, dos mil años después,

a Jesús de Nazaret.

Monseñor Romero murió por creer en Dios, por el pueblo en quien

veía al mismo Cristo, y por ser fiel a las enseñanzas de la iglesia. Supo

guardar en su vida una doble fidelidad, fidelidad a Dios y a la persona

humana, que debe ser el criterio distintivo de todo auténtico cristiano.

Recordar su persona, veinticinco años después de su fallecimiento,

significa reactualizarlo y hacerlo presente, no sólo para admirarlo sino

para seguir el ejemplo de su vida. De Romero podemos valorar lo

siguiente: su inmensa compasión ante el sufrimiento del pueblo, ante el

dolor de todos y cada uno de los pobres; su valentía para decir la

verdad con la que defendía a unos y exigía conversión radical a otros;

su firmeza en medio de persecuciones, desprecios y malos entendidos,

incluso de parte de sus hermanos obispos y, finalmente, su fe profunda

––como la de Jesús–– ante el misterio de un Dios-Padre amoroso y

generoso.

Romero ha cristalizado en la memoria popular y eclesial e incluso en

la opinión pública de la sociedad en general como el mártir latino-

americano más conocido y el más universalmente querido hasta por

las personas alejadas de la religión.

Como arzobispo logró institucionalizar la opción por los pobres en

su iglesia local, de forma que la práctica pastoral de su arquidiócesis

fue de hecho una encarnación o aplicación concreta de esa teología y

espiritualidad. No fue la suya una vivencia personal sino que arrastró

consigo la comunidad de toda una iglesia local.

Monseñor Romero hizo sangre, verdad e historia lo que la iglesia le

pedía y murió siendo fiel a Dios, a la persona humana y a la iglesia, y

todo fue basado en su espiritualidad, su teología y su pastoral.

¿Qué retos nos deja en herencia Monseñor Romero?: lanzarse desde

Dios y su Cristo para todo trabajo que emprendamos. No desde no-

sotros mismos... Empuñar firmemente nuestro esfuerzo en toda causa

a favor de los más débiles y pobres. Mil millones de pobres en el

mundo nos deben mover a hacer siempre algo.

No temer los riesgos que puedan venir de cualquier parte en nuestra

labor, siempre que sea el Espíritu quien nos guíe. Permitir que ese

Espíritu penetre cada vez más en nosotros para que se cumpla lo que

la iglesia nos ha mandado: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y

las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los

pobres y de cuantos sufren, son los gozos y esperanzas, tristezas y

angustias de los discípulos de Cristo”. (Gaudium et Spes).

Abril 2005.

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