TODOS NECESITAMOS DE LOS DEMÁS

Hay personas que confiamos extremadamente en nuestras fuerzas, capacidades y experiencias para realizar los quehaceres y acti- vidades de nuestras vidas. Nos consideramos autosuficientes y podemos prescindir perfectamente de la ayuda de nuestros parientes o amigos. Sin embargo, la verdad es que no somos islas. Si vivimos como islas, es decir, aislados, sin comunicación ni intercambio, no lograremos el éxito esperado. Ningún hombre ni ninguna mujer es altamente calificado para no necesitar de nuestros vecinos, familiares o profesionales. No, no hay posibilidad de lograr algo importante y significativo sin contar con los demás. Trabajar en equipo o llevar a cabo actividades en grupo pueden hacer la diferencia para no terminar en un fracaso aplastante. Podemos tener ideas brillantes, o gran tenacidad de trabajo, o una actitud perseverante, o una visión futurista positiva, pero si no recibimos ayuda de personas dispuestas a colaborar con nosotros, si no conse- guimos el apoyo de los demás, no llegaremos muy lejos. Todos necesitamos de los demás. Nadie puede hacer ni vivir solo. Y eso es más afectante cuando estamos experimentando una crisis y no hallamos salida porque confiamos todavía en que yo puedo hacerlo solo. En esos momentos negros de nuestra vida, cuando el dolor, el sufrimiento y hasta la desesperación pueden llegar a nuestra existencia, visualizamos cuánto necesitamos compartir con personas queridas para mitigar el dolor y ayudarnos a sobrevivir esas etapas oscuras. Aquí también necesitamos el consuelo de Dios, quien es todo amor y puede regenerar nuestras heridas. El Señor comprende perfectamente nuestro estado de ánimo y nos llena de luz y paz. La vida cristiana se resume en dos mandamientos, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Si amamos a Dios, a quien no vemos, con más razón debemos amar a nuestro hermano, a quien vemos. Ambos amores tienen que ir de la mano. No se puede ignorar uno del otro. Y ese amor es el que nos incita a compartir, a darnos a los hermanos, a pedir ayuda confiadamente y a darla al mismo tiempo desinteresadamente. Todos buscamos la felicidad y para eso necesitamos el apoyo de nuestros seres queridos en todo momento. ¿Cómo podríamos vivir una existencia plena, llena, realizada si nos encontramos total y absolutamente solos? Jorge Sáez dice que ayudar y dejarnos ayudar tanto por Dios como por el hermano es el único modo de afrontar la vida de manera que nuestro sufrimiento no nos ahogue. Y es el amor el que permite que nuestro ser se expanda reforzando nuestra identidad y favoreciendo nuestra realización personal. Julio 2010.

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