PASCUA DE RESURRECCIÓN

La resurrección es la base fundamental de la fe cristiana. Todos los aspectos de nuestra fe cristiana están relacionados con la Pascua de Resurrección: hemos recibido vida por una causa, como los discípulos somos comisionados para ser testigos de la Resurrección y de su poder en nuestras vidas. El hombre no es un ser para la muerte, sino para la vida. El mejor medio de luchar contra la muerte es conocer su sentido. Jesús lo dice: “no teman, yo he vencido a la muerte”. La muerte desemboca en la vida. Esta es nuestra fe. Este es el mensaje de la alegría pascual. El domingo de Resurrección es la fiesta más grande del cristianismo. Este día debería brillar más que ningún otro. Es el día de Pascua, día del gran milagro: la victoria sobre la muerte, y esto es más que suficiente para llenar de gozo todos los días de nuestras vidas. La resurrección de Jesús aconteció hace muchísimos años, hace muchísimos siglos, pero todavía tiene vigencia y trascendencia, no solamente como hecho histórico sino como fundamento, sostén, esperanza y salvación de la vida del pueblo cristiano: sin resurrección no tendríamos fe y sin fe no habría cristianismo. Todas las fiestas religiosas podrían suplirse menos una, la Pascua de Resurrección. La resurrección de Jesús es la única certeza sobre aquellas dudas que nos inquietan en la fe y, sobre todo, es la que le da verdadero sentido a la vida humana. Hay un doble aspecto en el misterio pascual; por su muerte nos libera del pecado, por su resurrección nos abre el acceso a una vida nueva. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también es nuestra fe”. La resurrección constituye ante todo la confirmación de lo que Cristo hizo y enseñó.

Todas las verdades, incluso las más accesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido. Si pudiéramos profundizar un poquito en lo que el Padre y el Hijo hicieron por nosotros, nos veríamos motivados a cambiar nuestras vidas y entregárselas a ellos. Tendríamos que anunciar la resurrección de Cristo al mundo, deberíamos decirles a todos y proclamar las buenas nuevas. ¿Cómo? Más que con palabras, hemos de dar testimonio con nuestra conducta y nuestro hacer. Cristo ha resucitado. Vivamos entonces en la esperanza de nuestra resurrección futura y busquémosla no sólo para nosotros sino también para todos los hombres. Abril, 2006.

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