NUESTRA IDENTIDAD

La semana pasada me reuní con un grupo de amigas de la Mesa

Panamericana de Mujeres. Entre los actos cívicos que hubo, un

punto resultó muy interesante por ser un tema que se da por aceptado

y conocido, pero al mismo tiempo es de índole controversial. Al pedirles

a las asistentes que dieran su definición de identidad, las respuestas

fueron muy variadas e interesantes.

Algunas hablaron de ser auténticas con nosotras mismas, del amor a

la nación, de las clases de moral y cívica que parecen haberse suprimido

de los programas escolares, de ser modelos ejemplares en la sociedad,

de no confundir identidad con patriotismo, de poner en alto el nombre

de Honduras cuando se vive fuera, de exaltar nuestras tradiciones y

costumbres (no copiar las de otros países y menos las del país del

Norte), de respetar los símbolos patrios, de la irresponsabilidad de

los maestros y de tener rigor y crítica para que la gente muestre su

mejor aspecto.

La definición de identidad según el diccionario es calidad de idéntico,

el hecho o cualidad de ser una persona o cosa la misma que se supone

o se busca, hacer que dos o más cosas que en realidad son distintas

aparezcan y se consideren como una misma.

Además de estas definiciones, cada uno de nosotros puede tener

una idea distinta de identidad y tener una verdad en sí. Pienso yo que

nuestra identidad es ser hondureños, centroamericanos, americanos,

pero esencialmente hondureños con costumbres y tradiciones propias

que nos distinguen de los demás países. Nuestra identidad es ser

hondureños, aunque quisiéramos ser diferentes de lo que somos, talvez

norteamericanos, ticos, españoles, italianos, o cualquier otra

nacionalidad que tenga características más sobresalientes que las

nuestras.

La realidad es que debemos estar orgullosos de ser hondureños a

pesar de las características negativas que nos tipifican. No hemos de compararnos con los demás porque tales comparaciones nos hacen

sentir culpables, avergonzados y frustrados. Nuestra grandeza está

escondida todavía en este lugar donde vivimos y en lo que somos.

Somos seres humanos únicos con muchas expectativas. Pero esto

no es suficiente, debemos amar y trabajar arduamente por Honduras,

con un compromiso serio, continuo y fructífero. Este país debe empezar

a descollar y figurar en otros niveles de desarrollo y civismo, de

honestidad y productividad, de dedicación y superación.

Cada hondureño, en un haz de voluntades, en una unidad ejemplar,

debería trabajar tesoneramente hacia esa meta digna de trabajo,

servicio, ambición y sacrificio y sólo entonces estaremos orgullosos

de nuestra identidad como hondureños...

Julio 2007.

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