LA MUJER Y SU VOCACIÓN A LA MATERNIDAD

En la familia no debe olvidarse el aspecto importante del papel de la maternidad y la necesidad de que se garantice a las madres toda la protección social indispensable y la asistencia durante el em- barazo y, después, la incapacidad por un espacio de tiempo razonable. Una política esencial en favor del niño es permitir una efectiva presencia de la madre junto a sus hijos, y de asegurar la educación de las madres para que cumplan debidamente con su obligación. Una persona siempre preocupada por la familia, los padres y los hijos es el Papa. Él ha escrito y ha dirigido muchos mensajes a la mujer y a la sociedad, convencido del papel fundamental de la familia en la base de la formación de los pueblos. Algunos de sus pensamientos son los siguientes: “La mujer tiene derecho al honor y al gozo de la maternidad como un regalo de Dios, y, al mismo tiempo, los hijos tienen también el derecho al cuidado y solicitud de quienes son sus padres y particularmente a los de la madre. Por esta razón las políticas familiares deben tener en cuenta la situación económica de muchas familias, que se ven condicionadas y seriamente obstaculizadas en el cumplimiento de su misión. Aunque ambos, padre y madre, son los que engendran al hijo, la maternidad constituye una parte especial de este “ser padres” de los dos y, además, la parte de mayor compromiso. Es la mujer, de hecho, la que directamente se entrega al engendrar, lo que literalmente absorbe las energías de su cuerpo y de su alma. El hombre, por su parte, contrae una especial obligación para con la mujer. Por desgracia, la mujer encuentra frecuentemente dificultades objetivas que hacen más onerosos y a veces hasta el heroísmo sus deberes maternos. No es raro, con todo, que esos agobios insoportables se originen en la indiferencia y la inadecuada asistencia, debido también a leyes poco sensibles al valor de la familia y a una cultura deformada, que exonera indebidamente al hombre de su responsabilidad familiar, y, en casos peores, lo lleva a considerar a la mujer como objeto de placer o simple instrumento reproductivo. Contra esta cultura opresiva deben promoverse todas las legítimas iniciativas que fomentan la auténtica emancipación femenina. Es importante mejorar el estatus de la mujer. No debemos descuidar la contribución que la mujer da en la familia por medio de su insustituible capacidad de educar al niño y guiar al hijo en la primera fase de la educación. Con frecuencia se olvida o se disminuye esta contribución especial de la mujer, por consideraciones económicas o de empleo, y aun a veces con la finalidad de disminuir el número de los hijos. Deberían realizarse esfuerzos constantes para asegurar la plena integración de la mujer a la sociedad, dando el debido reconocimiento a su papel social como madre. No se puede afirmar a priori que la lejanía de la casa por muchas horas diarias sea más dañina que ventajosa desde el punto de vista del bien de la comunidad familiar, y especialmente de la educación de los hijos. Sin embargo, es este un problema que, tanto en el caso de solteros como a nivel social, debe ser analizado y resuelto con gran sentido de responsabilidad. Es verdad que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de mujer justifica plenamente el acceso de la mujer a los trabajos públicos. Con todo, la verdadera promoción de la mujer exige de la sociedad un especial reconocimiento de las tareas maternas y familiares, puesto que son de un valor superior respecto de todos los demás trabajos y profesiones públicas. Entre los dones y virtudes que son propios de la mujer, resalta con particular relieve su vocación a la maternidad. Con ella, la mujer asume algo así como un papel de fundamento de la sociedad. Es un papel que participa con su comparte masculina, pero no cabe duda que la naturaleza le ha otorgado a ella la mayor parte. La madre ha sido hecha custodio de la vida. A ella le toca acogerla con ternura, favoreciendo ese primer dialogo del ser humano con el mundo, que se realiza precisamente en la simbiosis con el cuerpo materno. Allí es donde comienza la historia de todos los hombres. Felicidades, madres hondureñas... Mayo 1998.

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