LA HIPOCRESÍA

La hipocresía es un defecto más común de lo que se piensa, muy dañino y nada recomendable. Es una actitud tan vieja como la persona misma. La definición de hipocresía, según el diccionario, es fingimiento y apariencia de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Dícese comúnmente de la falsa apariencia de virtud y devoción. La palabra “hipócrita” designaba, en el teatro griego, al actor que utilizaba máscara y disfraz para representar una personalidad ajena a la suya. El pecado de hipocresía es fingir cualidades o sentimientos. Es una forma de mentir. ¡Cuántos ejemplos de estos tenemos a nuestro alrededor, que ponen cara de oveja y son lobos por dentro! No se debe confundir la hipocresía con el cumplimiento del deber cuando no se tiene ganas. Hipocresía es fingir. Muy distinto es luchar contra la tendencia de la carne motivado por un sincero esfuerzo por hacer el bien. Todo ser humano tiene una lucha interior. Hacer la voluntad de Dios con frecuencia requiere gran esfuerzo. Por ejemplo: el que no tiene ganas de ir a la iglesia o ser caritativo, pero lo hace en conciencia. Jesús puso al descubierto las raíces y las consecuencias de la hipocresía fijándose especialmente en los fariseos. La religión de los fariseos era hipocresía. Esta es la peor hipocresía porque utiliza la relación con Dios como objeto de vanagloria personal. Esto causa escándalo e incita a que otros rechacen la religión. Son evidentemente hipócritas aquellos cuya conducta no expresa los pensamientos del corazón. La hipocresía religiosa no es sencillamente una mentira; engaña al prójimo para conquistar su estima a partir de gestos religiosos cuya intención no es sencilla. El hipócrita parece obrar para Dios pero en realidad obra para sí mismo. Las prácticas más recomendables, limosna, ayuno, oración se pervierten así por la preocupación de hacerse notar.

Para quedar bien el hipócrita sabe elegir entre los preceptos o disponerlos de tal manera que puede filtrar el mosquito pero tragarse el camello. Como bien dijo Jesús: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Los sepulcros blanqueados acaban por tomar por verdad lo que quieren hacer creer a los otros, se creen justos y se hacen sordos a todo llamamiento a la conversión. Bienaventurados los sencillos y sinceros, ajenos a la mentira y a la hipocresía. Ejercitemos la sinceridad y la verdad que llaman a las cosas por su nombre, sin camuflar errores ni buscar excusas bajo capa de virtud. Seamos leales, auténticos, fieles en palabras y obras. Disfrutaremos la felicidad si vivimos ajenos a toda hipocresía y mentira. Junio 2008.

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