LA FRAGANCIA DE LA MUJER

Aunque en varias ocasiones me he referido al tema de la mujer, en esta oportunidad no deseo exaltar sus cualidades ni pregonar sus bondades. La mujer, en general, no está cumpliendo la misión principal por la cual Dios la puso en la creación. La finalidad de la mujer, después de su entrega al Señor, es ser una buena esposa y una buena madre. Y en ese orden, primero esposa y después madre. Son muchos los factores que influyen en el momento actual para que la mujer y la familia no estén logrando los resultados necesarios en las relaciones conyugales y paternales. Con las exigencias del mundo moderno, la mujer está ayudando a sostener el hogar; ella está contribuyendo con su salario a mejorar el nivel económico de los suyos. Pero para eso ha tenido que prepararse en la escuela o universidad y ha tenido que ausentarse del hogar. No es necesario agregar que la familia se ha resquebrajado al faltar antes el padre y ahora también la madre; además del consumismo obligado, valores morales y religiosos trastocados, medios de comunicación perniciosos, abundancia de drogas, educación deficiente, etcétera. Para cambiar este estado de cosas la mujer necesita acentuar sus encantos; no solamente los encantos de su belleza física sino alcanzar la belleza interior, la belleza radiante del alma, esa fragancia suavizadora y envolvente que se derivan de la fe, la oración, el perdón, el amor y el agradecimiento. Toda mujer puede alcanzar esta fragancia hermosísima al confiar plenamente en Cristo y ser llena de los frutos del Espíritu Santo. Su vieja personalidad se ve cambiada por otra personalidad dinámica, real y vigorizante. Joyce Landorf analiza varias de las fragancias que se encuentran en esa mujer bella interiormente:

* Fragancia de la honestidad: Nunca miente ni en las más pequeñas cosas, ni aun en su edad. Nunca roba, nunca pierde el tiempo en su trabajo. Paga salarios justos y trata cordialmente a sus domésticas.

* Fragancia de maravillarse o asombrarse: Nada hay demasiado insignificante como para no llamar su atención, desde lo maravilloso de la naturaleza, los animales, las plantas y el cielo hasta la sonrisa de un niño, la música del viento, la bondad de las personas y el poder de su reír.

* Fragancia del amor: Ama a su esposo, a sus hijos, a sus familiares, a sus vecinos y amigos con un amor alegre, jovial, caluroso y desinteresado. Al perdón y el agradecimiento los practica por igual llenando su casa de perfume noble y amable.

* Fragancia de la hospitalidad: Su hogar está abierto a los demás y comparte su mesa sin excusarse ni atormentarse. Practica obras de caridad sin divulgarlas ni anunciarlas. * Fragancia de aprender: No teme desarrollar nuevas habilidades o aprender algo nuevo de cocina, arte, manualidades, historia, deportes, etc. Lee libros de temas diversos.

* Fragancia de la organización: Su casa es limpia y ordenada pero no es esclava del balde y de la escoba. Vive en un rincón del mundo haciendo las cosas lo mejor que puede.

* Fragancia de la apreciación: Elogia y estimula a los demás con palabras cariñosas y sinceras. Riega semillas de apreciación y alabanza genuina a todos a su alrededor. Y a su vez agradece humildemente cuando le hacen un cumplido. Estas fragancias son algunas de las características de una mujer hermosa, exactamente igual al potencial de belleza de los rosales perfumados, los cuales crecerán a pesar de la lluvia y del sol y llenarán y asombrarán con su aroma a todos los que están a su alrededor. La mujer que tiene a Cristo en su vida, que logra entender la verdad de quien es ella y por qué es amada, está totalmente rodeada de fragancia... de la auténtica fragancia de la belleza brindada por Dios mismo... Ojalá todas seamos estas mujeres... Febrero, l997.

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