LA ESPERANZA DE LA NAVIDAD

Parece increíble pero ya llegó la Navidad. En esta época que significa amor, esperanza y alegría pienso en la situación de nuestro planeta Tierra. Podríamos afirmar que estamos viviendo el período más pecaminoso de la historia. En los últimos 100 años hemos sido testigos de dos grandes guerras mundiales y de otras no menos sangrientas como la del Medio Oriente, Afganistán, Iraq, Bosnia, Yugoslavia y otras más. Surgió el terrorismo internacional. El concepto de familia y matrimonio ha sido puesto en juicio, debilitando este núcleo de la sociedad. Las leyes y normas sociales aceptadas y respetadas por muchos años han quedado atrás; ahora se aceptan y hasta se aplauden la corrupción, la deshonestidad, el aborto, los gobiernos dictatoriales, los excesos del alcohol y las drogas, las proyecciones genéticas, el adulterio, la pornografía, el abuso de los países más civilizados sobre los más pobres, aumentando enormemente la brecha entre ellos, el irrespeto a los padres. ¡Qué mundo les vamos a heredar a nuestros hijos! Este cuadro puede parecer sombrío y podríamos preguntarnos si la época en la que nació Jesús era mejor que la de nuestros días. Cuando Cristo vino al mundo los judíos vivían bajo la terrible opresión del Imperio Romano. Herodes ordenó la ejecución de su esposa y el asesinato de miles de niños menores de dos años para poder matar a Jesús. San Juan Bautista fue decapitado sólo por denunciar que Herodes vivía con la esposa de su hermano y eso era ilícito. La mujer samaritana había tenido cinco maridos. Algunos cobradores de impuestos eran corruptos. Había mujeres prostitutas. ¿Cuál época fue peor? Tal vez nunca lo sepamos. No habiendo vivido en aquel tiempo es difícil afirmar si era época de rectitud o de santidad. Lo que sí podemos asegurar es que siempre ha habido pecado pero también hemos tenido la presencia de Cristo. La gracia de Dios nunca desaparece. Nuestro Padre Celestial siempre está dominando y controlando la situación. Tenemos esperanza. En esta Navidad pidámosle a Jesús el don del arrepentimiento, la conciencia limpia, la sabiduría y la revelación para conocerle y servirle mejor, el firme convencimiento de que Él está realmente con nosotros, la gracia especial para ver la vida a través de sus propios ojos, llenos de compasión, amor y misericordia y, por último, anhelemos su pronto regreso. Démosle a Jesús su regalo de cumpleaños: entreguémonos por entero, sin restricciones, pensando en los demás, siendo siempre agradecidos, amando sin límites, compartiendo sin esperar reconocimiento, porque Él dio todo lo que tenía por cada uno de nosotros. Diciembre, 2005.

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