LA ALEGRÍA DE SERVIR

Como estamos en el mes de la amistad, es conveniente y necesario colocar el servir a los demás como un motivo de alegría y satis- facción. Muchos, porque no quiero decir todos, hemos experimentado ese gozo profundo e íntimo que conlleva el servicio y la entrega por amor. ¡Cuántas veces no hemos sentido al final de una jornada ago- tadora, por dedicarla a nuestros amigos, estar llenos de contento por haber contribuido de alguna manera al bienestar de ellos! Realmente no hay gusto más penetrante que el que se deriva del servicio. Como dice Octavio Hidalgo, frente a este mundo en que vivimos un laberinto de competencias y envidias, de egoísmos y mentiras, la so- lución sería tener personas dispuestas a una existencia en fraternidad, servicio y colaboración. El servicio es uno de los valores perdidos que mejor califica y embellece a las personas. Los que nos llamamos cristianos deberíamos caracterizarnos por poner nuestras habilidades y capacidades al servicio de Dios y de los demás. La persona servicial es valorada en todas partes, aunque no encon- tremos muchas de ellas en nuestros ambientes. Como dijo Jesús: “no he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida” (Mt 20:28). Nuestras vidas como seguidores de Él han de ser distintas, simbólicas, contrastantes en medio de los hombres, quienes deberían contemplar en nosotros una raza diferente, sagrada y auténtica. En los grupos de movimientos cristianos ha de sobresalir una corriente de comunión, donde nadie ha de pretender ser más que nadie y si una persona sobresale es porque es más humilde y sirve más. Los más preparados y capacitados han de ayudar poniendo sus carismas al servicio del conjunto para que redunden en provecho y crecimiento común. En la comunidad cristiana no debe haber ninguna competencia desleal: ni por el poder, ni por figurar, ni por ascender. Estos grupos deben transmitir a la sociedad la espiritualidad genuina y alternativa del Evangelio. Lo que nos debe interesar y hemos de procurar con esmero es el testimonio, el servicio y la solidaridad en el marco de la sencillez y la naturalidad. Y esto vale tanto para los pastores, sacerdotes, religiosos y seglares, ya que a todos nos asalta la tentación de figurar y dominar. El modelo auténtico ha de ser siempre Jesús, servidor de todos, humilde y espiritual. A pesar de experiencias gratificantes, la mentalidad de servir no está muy difundida en nuestros entornos. Ni siquiera en ámbitos familiares, educativos y sociopolíticos. Sin embargo, uno es feliz cuando hace felices a los demás. Por eso urge que todos sirvamos... Está en juego nuestra felicidad y el bien de los pueblos... Febrero 2006.

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