EN EL MES DE LA BIBLIA

Todos los cristianos tenemos o deberíamos tener experiencias bellísimas positivas con la lectura y la vivencia de la Biblia. La Sagrada Escritura es un libro tan poderoso que sería una pena terrible que como cristianos no la aprovecháramos y no la experimentáramos como se debe. La Biblia no es un libro común únicamente. Es la Palabra de Dios que se revela y se entrega al hombre; es Dios comunicándose con la humanidad. Personas inspiradas por Dios para escribirla expresaron su pensamiento interior, reflejando tanto su grandiosidad como su miseria, sus virtudes y sus limitaciones. No hablemos solamente de la Biblia como un manual para leer. Hablemos de la fuerza de la Palabra de Dios, que es avasalladora. Lástima que para muchos este precioso libro se ha quedado mudo, entre páginas impenetrables. Es como no tener Biblia y eso da la imagen de un hombre encerrado en sí mismo, sin ninguna proyección trascendente. Nuestra relación con la Biblia debiera ser como la de un muchacho con una muchacha. Primero se conocen, se tratan, se relacionan; surge el amor y entonces se revelan. Sin revelación no hay amor y sin amor no hay revelación. Para conocer a una persona nos relacionamos con ella, tenemos contacto personal con ella. Lo mismo sucede con la Sagrada Escritura: a medida que la vamos conociendo la comprendemos mejor y terminamos amándola más. Lo mismo pasó con Dios. Nuestro Creador se enamoró de la humanidad, la busca siempre y se da a conocer, se revela. Y ese es el fruto de Su amor inmenso. En toda la Biblia, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, se manifiesta una fuerza o impulso vital, puro y arrollador, que es el Espíritu Santo. Él lo anima todo; Él está en los acontecimientos e inspira las palabras. Él hace nacer las Escrituras. De ahí la maravillosa unidad de la Palabra de Dios. Lo que en el Antiguo Testamento aparece en estado primitivo, en el Nuevo se muestra espiritual y puro. El Espíritu Santo también, que vive en nosotros, nos capacita para dirigirnos a Dios como Padre y para guiarnos en el seguimiento de las pisadas de Cristo. El Espíritu Santo enciende los corazones y revoluciona las personas. Es como si estuviéramos dentro de la Biblia y pudiéramos ver todos los acontecimientos en su perfecta dimensión y en colores vivos; como si la estuviéramos viendo en la televisión. Todos los cristianos deberíamos experimentar la fuerza de la Palabra de Dios. Ha de habitar en nuestros corazones con toda riqueza (Col. 3:16), para que la semilla germine y sea dentro de nosotros como un fuego abrasador que no podemos contener... Septiembre, 2006.

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