EL GOZO DE SER HOMBRE

Nos sentimos muy alegres hace algunos días cuando estuvimos en

La Ceiba, celebrando la boda eclesiástica de un miembro de

nuestra familia, y pudimos encontrar a personas amigas que no veíamos

desde largo tiempo atrás. No nos alcanzó el tiempo para poder saludar

y platicar con todos aquellos amigos muy queridos nuestros, con los

cuales compartimos muchos años felices de vida familiar.

Siempre que voy a La Ceiba añoro aquellos tiempos pasados, la

convivencia de nuestros hijos, de nuestros hermanos, de nuestros padres y el cariño envolvente de toda esa gran familia que constituía el

pueblo ceibeño.

Uno de esos viejos amigos es Teotimo Osorio. Reside actualmente

en Nueva York junto con su esposa y sus hijas, pero ocasionalmente

viene de paseo a La Ceiba a visitar parientes y amistades. Cuando nos

vimos le pedí que nos escribiera algo para compartirlo con ustedes. Y

aquí está su colaboración:

“En días pasados tuve un año más la oportunidad de visitar ese

maravilloso país, Honduras, y reencontrarme con tanta gente buena,

tantos viejos amigos entre los que se encuentran, por supuesto, la familia Panayotti: Juan y Mimí.

A invitación de Mimí es que estoy escribiendo estas ideas. Creo que

en este mundo en que parece que todos los valores humanos vividos

por tantas generaciones están siendo manipulados, destruidos y, lo

que es peor, suplantados por actitudes de vida que en palabras del

Santo Padre reflejan y son expresión de una cultura de muerte, merece

la pena detenernos a reflexionar en lo que de verdad somos y valemos.

Merton ha escrito un párrafo que yo rubricaría sin vacilar: ‘Ser miembro de la raza humana es un glorioso destino, aunque sea una raza

dedicada a muchos absurdos y aunque comete terribles errores: a pesar

de todo, el mismo Dios se glorificó al hacerse miembro de la raza

humana’.

Pero ¿quién entiende esto? ¿Cómo explicarle a la gente la maravilla

que hay en ellos, cómo decirles que son seres creados en el gozo y

para el gozo?

El otro día leyendo la Ética de Bonhoeffer me llamó la atención su

insistencia en el hecho de que Dios al crear al hombre puso en casi

todas sus acciones, además de su fin práctico, una ración de gozo.

Comemos y bebemos para subsistir, pero a este fin Dios añadió el que

el comer y beber fueran cosas agradables y gozosas. El vestirse, el

juego, la sexualidad, la vivienda tienen finalidades específicas fundamentales para nuestra subsistencia, pero en todas ellas Dios añadió su

ración de gozo. Es indudable que Dios al crearnos quiso añadir a cada

una de nuestras funciones humanas una supercapacidad de alegría.

Claro está que la alegría verdadera nunca es barata. Y ciertas juergas

carnavalescas y filosofías baratas y criminales no logran ocultar el ramalazo de tristeza que llevan en sus entrañas y la soledad y muerte a

las que conducen.

Ser hombre es mucho más. Y sobre todo, ser hombre en compañía.

A mí me entristecen las multitudes, pero me encanta el grupo de amigos,

el hablar en voz baja y reír sin estrépito, el poder sacar a flote las

almas, el penetrar a través de la palabra la profundidad de las personas. Decía un clásico latino que ‘cada vez que estuve entre los hombres,

me volví menos hombre’. Yo quiero decir que cada vez que me encuentro con amigos como con los que acabo de compartir en mi reciente

viaje a Honduras, salgo reconfortado y admirado, feliz de ser uno de

ellos, de vivir entre ellos.

Creo que la clave del gozo de ser hombre, de nuestra alegría, está en

descubrir que somos espirituales, en explorar las dimensiones del Espíritu, en creer que la cultura de la muerte no existe sino que existen

muchos millonarios espirituales que se han olvidado del tesoro que

tienen en la bodega de su condición humana”.

Octubre 1995.

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