EL CAMELLO OBEDIENTE

Me gustan mucho las comparaciones de Carlos G. Vallés. Me parece que son muy originales y muy sencillas. Por eso llegan a toda clase de personas. “Un árabe llevaba veinte camellos en su caravana por el desierto, y al llegar la noche los ató al borde del oasis donde habían llegado. Se acordaba del proverbio tradicional: Confía en Alá y ata bien a tu camello. Pero se encontró con una dificultad. Las cuerdas que tenía no le llegaban más que para diecinueve camellos, y no había manera de atar al último. Y no lo podía dejar suelto. ¿Qué hacer? Adivinó el recurso. Acercó el último camello al tronco del árbol firme en el suelo que le correspondía, e hizo con toda solemnidad los movimientos como los haría si lo estuviera atando, dándole vueltas y vueltas a la cuerda... aunque sin cuerda. Al fin y al cabo, la impresión de que hacemos algo le bastaba al camello para creer que eso se hacia; y sin estar atado, él se creía que estaba atado, con lo cual el resultado era el mismo: no podía marcharse. La noche transcurrió sin novedad. Por la mañana, los veinte camellos estaban en su sitio y el árabe procedió a desatarlos para emprender otra vez el camino. Pensó que al último no haría falta desatarlo, pues en realidad no estaba atado, pero cuál no sería su sorpresa cuando vio que al ponerse en camino los otros camellos, el último se quedaba en su sitio sin moverse. Otra vez, ¿qué hacer? El mismo remedio. El árabe se acercó al camello, hizo todos los movimientos amplios y repetidos como si lo estuviera desatando y soltando la cuerda... y el camello arrancó a andar con todos los demás. Feliz viaje. Aquí está otro cuento: “Iba yo en avión de Ahmedabad a Bombay de camino para España, y le había escrito a un amigo de Bombay que quería verme para que viniera al aeropuerto y nos viéramos allí las horas que yo pasaba de avión en avión. Pero al salir mi avión de Ahmedabad para ir a Bombay, se retrasó. Bajó la niebla antes de despegar y el capitán nos anunció que hasta que no se viese bien a 75 metros de distancia no podríamos levantar el vuelo. Y a la niebla le costó dos horas levantarse. Yo me impacienté por mi amigo de Bombay. En el aeropuerto de Bombay no hay sala de espera, y los visitantes han de esperar en plena calle. Yo sabía eso y me dio pena pensar en mi amigo y su incómoda espera. Incluso pensé que él ya no estaría allí cuando yo llegara, y haría bien en marcharse. Pues no sabría cuándo iba yo a llegar. Sufrí esas horas, y sufrí al llegar al fin a Bombay. Salí del aeropuerto y allí estaba mi amigo esperándome. Yo me deshice en mil perdones, pero él estaba tan tranquilo, y así me lo dijo. Había llegado a tiempo, había visto que el vuelo no llegaba, no tuvo después información ninguna de cuando llegaba y, sin embargo, esperó con toda tranquilidad al aire libre, paseando por la entrada y echando de vez en cuando una ojeada a los pasajeros que salían. Y estaba tan tranquilo. De modo que yo me había puesto nervioso pensando en él, mientras que él no se había puesto nervioso en absoluto. Él era indio, y yo europeo”. Junio 2002.

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