DEL DOLOR PROVIENE EL CRECIMIENTO

La Licenciada en Psicología y Asesoramiento Jessie O’Neill es

co-fundadora y socia en la Clínica Acacia, una clínica psiquiátrica

en Milwaukee, Estados Unidos de América. Su vida es un ejem-

plo de superación, perdón y madurez después de problemas de alco-

holismo en su infancia y vida adulta. Dejemos que ella nos cuente:


“Cuando tenía treinta años estaba en bancarrota tanto espiritual como

emocionalmente. Mi matrimonio fallaba y estaba deprimida. Pesaba

demasiado y tenía dolores crónicos de espalda. Ninguna de las cosas

que me habían enseñado para hacerme sentir mejor funcionaba. Tenía

una casa grande, un automóvil lujoso, un esposo con éxito e hijos

perfectos; pero me sentía miserable.

Mis padres eran alcohólicos y no estuvieron mucho a mi alrededor

durante mi infancia. Pero yo percibí su ausencia como un mensaje de

que no era digna de su amor. Si lo fuera, me decía a mí misma en mis

razonamientos, mis padres estarían conmigo más.


Consideraba que tomaba licor “socialmente”. Aunque a veces pen-

saba que esto contribuía a mi problema de sobrepeso, nunca pensé

que tenía una adicción. Un día me quejaba con un amigo acerca de mi

peso y él dijo: “¿Has pensado alguna vez que puede que seas alco-

hólica?”


Me reí y dije: “Bueno, ¿no cree todo el mundo alguna vez que podría

serlo?” “No”, respondió él, y luego me preguntó si me gustaría asistir

a una reunión de Alcohólicos Anónimos (AA) esa noche. Y sucedió un

milagro: al momento de entrar yo a esa primera reunión de AA se

disipó mi deseo de consumir licor.

Hasta ese momento no había estado dispuesta a darle el título de

“Dios” a Dios. Al despertar espiritualmente en AA descubrí que era

imposible no creer en Dios.


Me estaba rehabilitando espiritualmente, así como también de mi

adicción.

Pronto pude ver y sentir el poder de Dios activo en mi vida. Un fin

de semana asistí a un retiro de AA en el cual hice un inventario de los

defectos de mi carácter para poder pedir a Dios humildemente que los

eliminara. Uno de los defectos que identifiqué fue la rabia que sentía

contra mis padres por lo que habían hecho y lo que habían dejado de

hacer.

El facilitador sugirió que escribiera una carta a mi padre y le dijera

todo lo que siempre había querido decir ––todo. “No tienes que en-

viársela; solo escríbela”. Así que me senté y abrí mi alma. Escribí y

lloré. Nunca envié la carta a mi padre, pero la guardé por muchos

años.

En un gesto de perdón comencé a concluir cada conversación con

un “te quiero, papi”.

Cuando comencé a hacer esto por primera vez, él colgaba el teléfono.

Luego, quizás después de un año, él empezó a gruñir: “Mmm”, y col-

gaba el teléfono con fuerza. Después de otro año comenzó a decirme:

“yo también” y a colgar con suavidad. Después de unos pocos años

en este proceso, me decía: “Yo también te quiero, mi amor”. Luego,

después de su muerte, supe que a menudo le había dicho a sus amigos:

“Mi hija y yo nunca colgamos el teléfono sin decirnos ‘te quiero’ el uno

al otro”.


En el proceso de perdonar y amar a mi padre pude amarme y per-

donarme por cualquier daño que causé a otros durante mi alcoholismo.


Ese fue un verdadero regalo para mí.

Estaba agradecida por haber sido llamada a hacer un esfuerzo para

perdonar a alguien que no podía, por alguna razón, ni siquiera llegar a

un arreglo conmigo. Y cuando murió mi padre, mi relación con él había

sanado. Durante la curación pude separar a la enfermedad de mi pa-

dre, y amarlo.


Ese fue un punto crucial para mí. Me di cuenta de que para poder

sentirme bien tenía que dejar ir la ira, perdonar y estar agradecida.

Encontré que la oración y el agradecimiento eran la abundancia en mi

vida.Sin importar si ha existido o no el alcoholismo en nuestras familias,

todos debemos perdonar.


De mi mayor dolor provino mi mayor crecimiento.

“Mis heridas y cicatrices se han convertido en mis mayores ventajas.

Y de la necesidad de sanar mis heridas, he llegado a saber que tengo

una línea directa inquebrantable con Dios”.

Marzo, 1999.

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