CUANDO UNA PERSONA MUERE

Cuando una persona muere, el mejor recuerdo que deja a los Cdemás es sus actos de amor, de entrega, sus sonrisas, su rectitud o su santidad. Asimismo, sus familiares y amigos pueden darle muestras de amor y esperanza, demostrándoselas con cariños, sacrificios y a veces con sólo su mera presencia. En el mes del cumpleaños de mi madre ya ida, quiero recordar lo especial que fue ella. Quiero recordar su vida ejemplar, su cariño y su dedicación. Era una mujer con mucha fe y con un inmenso deseo de vivir. Era fuerte y luchadora, con una visión futurista asombrosa. Ella nos dejó un legado precioso con su vida edificadora y su influencia perdurará en sus hijos y en sus nietos y bisnietos. Pensando en su muerte, en la separación terrenal que hemos sufrido, mi corazón se siente más cerca de ella ahora. Antes nos comunicábamos con nuestros cuerpos, hoy se tocan nuestras almas y nos comprendemos mejor. Ya no tenemos secretos. Creo que todos hemos experimentado alguna vez esa tristeza que conlleva la muerte de un ser querido, por el alejamiento material; pero esto es humano, incluso Cristo lloró cuando murió Lázaro, dándole valor a este sentimiento de dolor. Sin embargo, nosotros los cristianos lloramos a nuestros muertos con esperanza porque tenemos la promesa de una vida futura. En cambio, qué diferente es la actitud de los que lloran sin esperanza porque no tienen a Dios en sus vidas y la muerte representa para ellos la terminación de toda relación corporal con el difunto. Todos debemos aprender a aceptar la muerte ya que nadie escapa a su suerte; ni los pobres ni los ricos, ni los negros ni los blancos. La muerte nos hace iguales. Nos estremece. Nos hace abandonar todo: sentimientos, posesiones, títulos; nos arrebata lo querido, lo material. Únicamente podemos llevar nuestras buenas acciones, obras de amor y el haber aprendido a estimar el verdadero valor de las cosas. Por consiguiente, para enfrentar la muerte con entereza debemos hacer felices a las personas a nuestro alrededor. Palabras de agradecimiento, muestras de cariño, cartas expresivas, trabajo eficiente y atención sincera son algunos de los signos que podemos brindar a nuestros parientes mientras están entre nosotros. Y a los familiares enfermos, especialmente, hay que hablarles de todo, no quedarse con remordimientos de algo que no dije o no hice y hacerles sus últimos momentos lo más placenteros posible. Nuestra conciencia no nos dejará en paz jamás, cuando recordemos las cosas que pudimos hacer o decir durante la vida de la persona y no las realizamos. El siguiente pensamiento de Harriet Bucher S., describe perfectamente esta omisión: “La más desgarradoras lagrimas que se vierten sobre los sepulcros tienen su origen en palabras nunca dichas y en acciones jamás emprendidas”. Sin embargo, no todo es tristeza con la partida de alguien amado a la otra vida. La muerte es una etapa, un paso, un cambio de lo humano a lo divino. Es como la transición del gusano a la mariposa, de la semilla al árbol. Cuando Santa Teresa del Niño Jesús esperaba la muerte dijo: “No es que muera, estoy entrando en la vida. No es la muerte que viene a buscarme, es el mismo Dios”. ¡Qué promesa más bella! “No he nacido para el suelo, que es morada de dolor. He nacido para el cielo, he nacido para Dios”. Agosto de l992

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