ALGO SOBRE LOS AMIGOS

Sobre la amistad se puede escribir con frecuencia y sin parecer impertinente, por ser un tema inagotable muchas veces mal entendido o mal practicado. La amistad es la base de las relaciones familiares y sociales. Es tan necesaria la amistad en la vida que no podemos prescindir de ella si hemos de vivir como personas felices. La amistad se parece al amor. En realidad es un tipo de amor. Hay amor filial, conyugal, paternal, maternal y amor pasional o enamoramiento, que es el de los novios. Todos estos amores tienen mucho en común pero también se diferencian entre sí. En esta ocasión hablaremos únicamente del amor de los amigos. “La amistad”, según Enrique Monasterio, “siempre es recíproca. Si no es correspondida no existe. La amistad procede de una elección. Hemos de querer a todos los hombres: pero sólo serán amigos los que elijamos. Es un cariño que no necesita palabras ni declaraciones. Nace y crece discreta y lentamente, sin flechazos ni compromisos apasionados. La amistad no es exclusivista ni celosa: cuanto más de comparte, más se ahonda en ella. Según un viejo proverbio latino, la amistad nace entre iguales o iguala Esto significa que quien tiene un amigo “importante” se siente a su vez importante. ¿Y si el amigo es de menor categoría, más joven, menos inteligente o de condición más humilde?... No importa: la amistad con los pequeños no empequeñece a los grandes: los ennoblece. La amistad, como todos los amores, es entregar una parte de la propia intimidad. Hay una intimidad física que comparten del todo los esposos y, hasta cierto punto, los miembros de una misma familia. Los amigos participan de la intimidad espiritual: de las penas, alegrías, esperanzas, miedos, complejos... Y de dos intimidades, nace una sola.

Amigo es, pues, aquel a quien abrimos el corazón. Nuestros secretos son sus secretos. Y los suyos son nuestros. La amistad se asocia a una virtud ––la lealtad–– que consiste precisamente en no traicionar nunca esta intimidad común. La amistad no se instrumentaliza, no sirve para nada. Por el contrario, todo debe estar al servicio de la amistad. Al amigo se le corrige en secreto y se le alaba en público. Si usted no corrige los vicios de sus amigos, los hace suyos. Hay que amar a sus amigos con sus defectos. En consecuencia, no hay mejor espejo que el ojo de su amigo. La amistad, por tanto, es generosa, no pegajosa: sobria, no dulzarrona: fiel incluso con quien no lo es. La amistad es sufrida, es benigna. No tiene envidia, no es jactanciosa, no se envanece. No hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor. No se goza de la injusticia, se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Cor. 13:4-7). Hablando sobre la amistad debemos pensar en quien siempre quiso ser nuestro amigo y aún espera que le digamos que sí. Es decir, Jesús, quien les dijo a los suyos en la última cena: ‘os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que me ha dicho mi Padre’. Esa amistad del Señor nace, en efecto, de una elección y fue el medio que Dios eligió para transmitirnos sus Misterios más profundos e íntimos. La Santísima Trinidad fue un secreto contado por Jesús en voz baja, como en confidencia, a sus amigos más queridos. Nunca ha habido amigo más generoso que Cristo: nos dio la vida. Ni más leal: a Judas le llamó amigo en el Huerto de los Olivos, justo en el momento del beso traidor. Y a todos nos ha llamado a la amistad, para que también nosotros, en confidencia, hablemos de ese Amigo del alma a los amigos”. Julio, 1996.

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