ACTUALICEMOS NUESTRAS IMÁGENES

Tengo en mi estudio muchas fotos viejas, otras más viejas y

también unas recientes. Últimamente las saqué de la caja donde

estaban, las desempolvé y me puse a escogerlas, colocando

algunas de ellas en marcos nuevos y modernos.


Mientras hacía esto, ¡cómo volví a vivir aquellos días pasados, aque-

llos años ya gozados, cómo me reí de los cambios que noté en las

personas que conozco y que no veo desde hace cierto tiempo; cómo

se ve el efecto de los años en los individuos a quienes por mirarlos a

diario no captamos la metamorfosis que van experimentando!

¡Cómo ha variado la moda, cómo se ha engrosado la cintura de las

mujeres, cómo los cortes de pelo y los peinados se perciben anticuados!

¡Cómo se refleja en estas fotografías la época en que fueron tomadas

y cómo nos hablan de la personalidad de los protagonistas, algunos de

ellos ya idos.

Pude examinar, asimismo, la calidad del papel, el colorido de las

figuras, el acabado de la fotografía, la textura y forma del marco, detalles

estos que me hablan otro idioma, que me remontan a aquella era.

Estoy segura de que la mayoría de las familias hemos guardado fotos

de nuestros parientes y amigos cercanos. Y lo bueno del caso es que

podemos recordarlos, aunque estén lejos o muertos, tal como aparecen

en dichas fotografías.


Las imágenes que nos hemos formado de todos ellos no han cam-

biado a través del tiempo, están fijas en nuestras mentes y no cambia-

rán a menos que estemos dispuestos a actualizarlas con datos recientes.

Por ejemplo, de mi prima Lina, la favorita, guardo la imagen siempre

en mi memoria como la persona más dulce y servicial que he conocido.


Sin embargo, sus últimos años de vida fueron duros, amargos y dolo-

rosos por el cáncer que la llevo a la tumba.


No es fácil cambiar las impresiones o fijaciones que tenemos de las

otras personas. Y es más difícil cambiar el concepto cuando la per-

sona no ha tenido una vida constructiva y más bien ha sido presa del

alcohol, de las drogas, de la deshonestidad, de la corrupción o del

adulterio. Aunque este alguien se arrepienta, se aparte del pecado y se

acerque a Dios, no siempre le creemos ni le aceptamos su conversión.

Conozco un joven que ha tenido una vida terrible; drogas, infidelidad,

egoísmo y vanidad. Los que hemos tenido contacto con él nos hemos

formado una mala imagen y a pesar de su arrepentimiento hace algún

tiempo, muchos todavía mantienen aquella antigua imagen.

Dios ama especialmente a los pecadores arrepentidos y ha dicho

que habrá fiesta en el cielo por cada hombre salvado. Dios olvida las

faltas e iniquidades de sus hijos renovados. Por consiguiente, todos

los cristianos hemos de aceptar el cambio sincero, la intención de rec-

titud, en los demás. Debemos alegrarnos por el hermano caído, ahora

en buen camino, apoyándole y ayudándole en su peregrinar.

En este nuevo año hay que borrar la imagen vieja de ese amigo,

tomarle una foto nueva y guardarla en la memoria para enseñarla a los

demás, cuando ellos no quieren cambiar las fotografías viejas...

Enero, 1995.

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