ACTOS DE BONDAD

Los ángeles son espíritus destinados a servir y los manda Dios para bien de los que recibirán de Él la salvación (Heb 1-14). Ellos velan por los hombres. Se encargan de su custodia. Dan y presentan a Dios sus oraciones, conducen el alma de los justos al paraíso y celebran una liturgia perpetua en el cielo. En realidad, lo que nos importa en esta ocasión es aprender a imitar a los ángeles. Todos hemos recibido actos de amor a través de muchas personas durante nuestra vida. Nuestra madre o nuestra abuela nos enseñaron desde muy pequeños a amar y nos colmaron de bondad y cariño. Sus muestras de amor eran espontáneas y llenas de sinceridad, sin esperar nada a cambio, sin calcular nada. Sus sentimientos nacían desde lo íntimo de su corazón y hacían resaltar lo mejor de nuestra humanidad. Así los padres obran actos de amor con sus hijos, y los hijos, a su vez, corresponden con sus padres mayores. El maestro ama a sus estudiantes, el patrono se preocupa por sus trabajadores, el sacerdote o pastor por sus fieles, el médico por sus pacientes y así sucesivamente. Pero esto es lo mínimo, lo que todos hacemos como hombres o mujeres normales y corrientes. Lo que queremos es tratar de convertirnos en ángeles para la vida de los demás. Esto quiere decir luchar diariamente por ser un poquito mejores, como lo dice el libro Actos de Bondad al Azar. Atreverse a ser un ángel como un verdadero reto en nuestra actuar cotidiano. Salir de lo ordinario a lo extraordinario, dejando libre nuestro amor para los que nos rodean. ¿Cómo podemos salir del ambiente en que nos movemos, para alcanzar situaciones superiores espirituales, que nos conviertan en ángeles, porque las buenas obras nos hacen crecer en compasión? Debemos poner alegría, armonía, paz y servicio en este mundo de violencia, discriminación, división e injusticia.

Por ejemplo, ayudar a un anciano a caminar, o cederle su puesto en una fila en el banco o supermercado, ponerle una moneda en el parquímetro de otro carro cuando se le termina el tiempo, dejar caer un billete para que alguien lo encuentre, sentarse con alguien desconocido en un reunión o restaurante, una sonrisa sincera con los que no nos simpatizan, comprarle algo a un niño de la calle y regalárselo a otra persona, ofrecerse de voluntario para una tarea tediosa... Al realizar estos actos de amor hacemos un bien mayor porque nadie los espera, el mundo no está acostumbrado. Su sorpresa es grande y podemos ayudar a su conversión. Y por otro lado, amando a los demás de esta manera nuestras almas se purifican y se hacen semejantes a Dios. Estaremos “trabajando para el reino de Dios y su justicia...” Junio 2005.

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