¿ACEPTA DIOS EL LUJO?

El tema de lujo en las iglesias cristianas ha sido muy discutido en todos los tiempos y se han dado razones tanto a favor como en contra. Cuando se visita iglesias y catedrales en ciudades imperiales como Roma, París, Budapest, Praga, Viena y otras, las personas quedan admiradas y algunas incluso escandalizadas del lujo excesivo que parece reinar en esos lugares, la belleza de las maderas, la abundancia de metales preciosos, mármol y pinturas. Se supone que Dios no puede aceptar todo ese lujo, no debería estar de acuerdo con ese despilfarro sabiendo la cantidad de pobres que hay en el mundo. No es de extrañar que haya tantas críticas hacia la riqueza de la Iglesia. Cuando el rey David vivía lujosamente en un grandioso palacio, Dios seguía habitando en la vieja tienda de pieles ya raídas y apolilladas. Y David sintió vergüenza. Entonces se propuso edificar un templo como Dios se merecía. David declaró: “En mi amor por la casa de Dios, doy a la casa de Dios el oro y plata que poseo, además de todo lo que tengo preparado para la casa del santuario: tres mil talentos de oro, oro de Ofir, y siete mil talentos de plata acrisolada para recubrir las paredes de los edificios”. Para dios lo mejor. Sin embargo, fue el profeta Natán quien se acercó a David para decirle que Dios no quería ese templo, que no le gustaba que le encerraran entre cuatro paredes aunque fuesen de oro y plata, que prefería la vieja tienda porque lo que a Él le gustaba era peregrinar con el pueblo, acompañarle en sus empresas y afanes, en sus triunfos y derrotas. Pero lo cierto es que dentro de la sensibilidad religiosa de todos los pueblos ha sido siempre válido el criterio de David: “lo mejor para dios”. Según T. Bertólez, en virtud de este criterio se hicieron no sólo el templo judío de Salomón y las catedrales de las iglesias cristianas, 164 se hicieron también los templos paganos, las pagodas budistas y las mezquitas árabes. Toda la geografía del mundo está sembrada de magníficos lugares de cultos antiguos y modernos, y siempre los pueblos de cualquier creencia se han sentido orgullosos de sus templos. Parece que hoy nuestra sensibilidad religiosa está cambiando, lo que no es suficiente para echar por tierra la magnífica herencia artística, histórica, religiosa, cultural y humana que hemos heredado. Así se han expresado nuestros mayores en todo el mundo y no es para escandalizarse, sino para admirarlos o, en todo caso, para respetarlos. La propuesta más hermosa, verdadera y religiosa que no se puede comparar con ninguna de las mejores catedrales del mundo sería: “No una casa para Dios, sino Dios en el corazón de todas las casas”. Octubre, 2006.

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