A MI HIJO DANIEL EN EL DÍA DE SU BODA

El año pasado Emilio Santamaría le escribió una carta a su hijo en

el día de su boda. Me gustó mucho ese gesto y desde entonces

decidí hacer lo mismo en la fecha del matrimonio de mi hijo Daniel.

Ese momento ha llegado ya y quiero decirte, querido hijo, que estás

entrando a una nueva etapa de tu vida, la más importante. Dejas el

calor paterno y vas ahora a formar tu propio hogar. Comenzarás a

construir tu familia querida; vendrán los hijos, pasarán los años, traba-

jarás arduamente y, principalmente, encontrarás la felicidad que todos

perseguimos.

Para alcanzar esa felicidad, sin embargo, no basta casarse y vivir

juntos. Es necesario que tu amor y el de Jessica sigan alimentándose

en la fuente viva que es el Señor, para que lleguen al final de sus días

satisfechos y realizados de haber cumplido lo mejor posible esa vo-

cación de esposos y padres que tan escasamente parece triunfar en

estos días.

Han pasado por mis ojos momentos de tu vida junto a la nuestra y a

tus hermanos. Recuerdo incidentes alegres, gozosos, divertidos y al-

gunos, los menos, tristes. Cuando naciste, después de siete años del

último hijo, en realidad ya no esperábamos más familia. Cuando te

caíste por las gradas y te rompiste la frente, corrimos al hospital para

hacerte no sé cuántas puntadas; la sangre era abundante y yo temía

que la herida fuera más seria de lo que se veía.

Cuando te disfrazamos de negrito vendiendo cazabe. Cuando entraste

a la escuela y pasaste el examen de admisión, al trasladarnos de La

Ceiba a San Pedro Sula. Cuando te graduaste de Ingeniero Electrónico

en la universidad. ¡Qué orgullosos nos sentimos tu papá y yo de ver

que ya habías completado una etapa en tu formación académica!

Pero lo que más nos ha impresionado es tu forma de trabajar,

poniendo lo mejor de ti, concienzudamente, sin importar horas, ni días,

ni semanas, tratando de ser perfeccionista, exigiendo lo mejor. Son

esas cualidades los que te han hecho especial a mis ojos: tu capacidad

de trabajo, de entrega, de llegar más arriba, de superarte, de buscar

las causas de los problemas para resolverlos. También nos llena de

gozo tu buen corazón, tu sensibilidad, tu preocupación por los demás

y tu inmensa ternura. Y lo que te falte todavía, como más paciencia y

más comprensión, te vendrán con el correr de los años.

Ha habido incidentes negativos, fracasos, decepciones y desaciertos,

pero puestos en la balanza me parece que pesan más los del lado

positivo. Y lo mejor de todo es el aprovechamiento que has hecho de

estos incidentes no agradables.

Ahora estás a la puerta de demostrar lo que te hemos enseñado.

Cómo actuarás como esposo, como padre, como jefe del hogar, como

administrador, como proveedor, como modelo de vida edificante. Sin

embargo, yo siento que tus acciones serán mejores ahora que antes.

Te pedimos perdón a ti y a nuestros hijos Muriel, Liz, Alina y Junior

por los errores que cometimos en la crianza de todos ustedes. Yo sé

que fallamos en muchos aspectos y que nos faltó previsión y tacto en

tantas ocasiones. Sé también que en algún momento se sintieron in-

felices con nosotros, pero por lo menos permítannos decirles que nues-

tras intenciones siempre fueron las mejores para desarrollarlos sanos,

virtuosos y felices. Tratamos de enseñarles la fuerza de la bondad y

del amor a Dios para realmente vivir contentos.

En el momento del Sacramento, cuando los declaren unidos ante

Dios y ante los hombres, recuerda que es para toda la vida, que debes

amar, comprender y respetar a Jéssica como la futura madre de tus

hijos y como tu compañera inseparable. Le pido a Jéssica hacer lo

mismo, el amor es darse y se es más feliz dando que recibiendo...

Que el Señor derrame muchas bendiciones sobre ustedes dos, Danny

y Jéssica... Encuentren la voluntad de Él y sus días serán dorados...

Marzo 1998.

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